‘Llamadme María’. Capítulo 4

'Llamadme María', Relatos cortos

Llamadme María

Capítulo 4

El recital finalizó entre recuerdos de primera juventud y reconocimientos impostados. La heterogénea asistencia comenzó a desalojar la plaza en dirección a algún establecimiento hostelero en el que la alta música y los espirituosos les permitiesen soltar la bestia del parloteo que habían guardado en cautividad durante todo el concierto.

María se sumó a la marea humana. Camuflado entre ellos, siguió el cauce que marcaban los muros de las casas, como si fuese una gota más del agua de un río que va a parar al mar, aunque en este caso el destino era el bar. La evocación de este paralelismo le hizo recordar uno de los episodios que más habían marcado su vida. Quizás el que más.

Desde aquella  noche de noviembre en la que había descubierto su particular edén en el Henry´s, María había cambiado ostensiblemente su aspecto. Ahora se dejaba crecer un conjunto de pelos salteados bajo la nariz a modo de bigote y  llevaba el cabello largo,  rematado en una ridícula coleta que rara vez se dejaba ver bajo el sombrero de gánster. Además, se había  deshecho de sus gafas de toda la vida para lucir unas redondas tipo Castelao, y se presentaba a todo el mundo como María.

Seguía siendo muy aplicado en sus estudios, que le obsesionaban tanto como la confección de su nueva vida. En el pueblo no tenía amigos, había sido siempre el marginado de la clase. El traslado a una ciudad diferente le había brindado la oportunidad de ser quien quisiera ser, de empezar de cero. Ya era un personaje más de los asiduos a los concierto de los jueves en el Henry´s, pero aquella noche de febrero Fredy no lo encontró en la habitación cuando fue a recogerlo para asistir a su cita semanal con el jazz.

Lo había visto por última vez aquella misma mañana, cuando le dijo que iba a la biblioteca a preparar alguno de los múltiples exámenes que se le avecinaban. – Se habrá despistado-Pensó.  Fredy salió de la residencia bajo el paraguas con rumbo a la biblioteca, aprovechando que le quedaba de camino al club. Cuando llegó allí estaban cerrando, y no había ni rastro de María por los alrededores. Le preguntó al conserje, que le aseguró haber visto a una persona que coincidía con tan pintoresca descripción salir de allí sobre las 4 de la tarde. Extrañado, Fredy reemprendió la marcha hasta llegar al Henry´s, pensando que podría haber ido por su cuenta, pero ni en el camino ni en el propio club se encontró a su compañero.

Después del concierto y de sus correspondientes cervezas, Fredy regresó a la residencia en taxi, motivado por la intensa lluvia y el frío que azotaban a la capital gallega. Al llegar, todo estaba como él lo había dejado. María no había estado allí. Algo preocupado, decidió sentarse en el sillón del dormitorio a esperar, pero tras 15 minutos, las cervezas ingeridas comenzaron a pesar en sus párpados y se quedó dormido.

La lluvia llamando a su ventana lo despertó de su profundo letargo. El día había amanecido igual o peor que la noche. Eran las 8 de la mañana y María no había dado señales de vida. La situación se escapaba de lejos de la normalidad, así que acudió a la cabina telefónica del hall e informó a la policía.

Pasadas las 7 de la tarde y después de un largo día de búsqueda sin descanso, una de las 3 patrullas que se habían ido sumando al dispositivo paulatinamente localizó al fin a María. Estaba en el margen de un río, en posición fetal y con claros síntomas de hipotermia. Tenía la ropa completamente empapada, ya que no había dejado de llover desde la noche anterior, y en las manos sostenía un deteriorado cuadro comparativo entre los pensamientos de Heráclito y Parménides. María intentó resistirse al traslado. Todavía no había conseguido comprender la metáfora del río ni se había logrado decantar por una u otra concepción del ser.

– Gael –

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