‘Llamadme María’. Capítulo 6

'Llamadme María', Relatos cortos

Llamadme María

Capítulo 6. Final

Era la 1:30 de la madrugada. En la media hora que había tardado en recorrer el camino hasta su casa le había dado tiempo a planificar su huída detalladamente.

Introdujo la llave en la cerradura con precisión de prestidigitador, generando un ruido imperceptible a más de 30 centímetros de distancia.  Dentro, la oscuridad y el silencio eran perturbados únicamente por el televisor de su padre, que seguía durmiendo frente a él, y por sus  atronadores ronquidos.  Se sacó los zapatos y los llevó en la mano hasta la entrada de su dormitorio. Su madre estaba ya en la cama, amordazada al sueño por sus drogas legales, y su hermano solía llegar sobre las seis o siete de la mañana, según el tiempo que se hubiese prolongado su partida de rol.

De puntillas, ascendió por las viejas escaleras de madera que conducían al desván, donde su madre guardaba toda la ropa y objetos de su época universitaria, que tan deprimentes recuerdos traían a toda la familia.

María cogió la polvorienta maleta y la abrió. En su interior, inmutables, permanecían el sombrero, las gafas redondas, unos zapatos estilo cowboy, unos pantalones blancos y un par de camisas de seda de estrafalario estampado con motivos musicales. Con extremo cuidado, bajó con el mamotreto hasta su dormitorio. Del los cajones del armario cogió algo de ropa interior, la guardó en la maleta y lo sacó todo por la ventana, incluidos los zapatos.

Era el momento de la operación más complicada, ya que debía conseguir acceder al cajón de la mesilla de noche de su madre para hacerse  con  su libreta de ahorro y algo de dinero en efectivo, porque aunque le perteneciesen, nunca había tenido ni un ápice de control sobre sus propios ingresos. Entró en la habitación a gatas y se fue acercando sigilosamente a la cabecera de la cama, alumbrando con la poca luz que emanaba de la pantalla de su teléfono móvil. Aprovechando uno de los ronquidos provenientes del salón, tiró del cajón de la mesilla, dejando el hueco justo para introducir una de sus finas manos a través de él. Palpando varios segundos que se le hicieron eternos, consiguió extraer el botín. Al terminar la operación, sintió la necesidad de despedirse de su madre con un beso, pero no podía correr el riesgo de despertarla, por lo que haciendo de tripas corazón deshizo su  camino de la misma forma que lo había hecho, hasta salir del dormitorio. Ella era la única persona en su vida por la que había sentido algún tipo de afecto.

De inmediato, salió de la casa sin que nadie se percatase, y aunque su padre lo hubieses hecho, posiblemente ni siquiera habría intentado impedirlo. Se apresuró hacia la parte trasera donde se  calzó los zapatos, se puso el sombrero y partió a pie hacia la estación de autobuses.

El primer autobús hacia Pontevedra, donde podría enlazar con otro que lo llevase a Santiago, no salía hasta las 8:00. No disponía de tanto tiempo , así que tomó la determinación de intentar viajar a dedo. Restaban pocos minutos para las 3:00.

Estuvo caminando durante una hora. Solo habían pasado tres coches en ese tiempo, y ninguno le había parado. Al cuarto le sonrió la suerte. Un diminuto coche de 50 cc. , de los que no necesitan de un carné para ser conducidos, se detuvo a su lado. Al volante, un octogenario que desprendía un fuerte olor a orina le invitó a pasar. Por sospechosa casualidad, después de haberle preguntado a María a dónde iba, resultó que el señor también se dirigía a Santiago a arreglar unos papeles. Era domingo.

Cuatro horas más tarde, y tras un tortuoso viaje con la maleta sobre las rodillas, sin apenas poder moverse, aguantando la respiración y soportando las 4 mismas historias repetidas en bucle sobre la vida de su acompañante, al fin vislumbró la catedral a lo lejos. – Señor, por aquí me viene bien que me deje- Interrumpió María al chófer, que narraba la misma historia por sexta vez. Haciendo oídos sordos continuó unos metros, hasta desviarse hacia una calle sin iluminación y detenerse debajo de un puente, al tiempo que accionaba los seguros. – Supongo que te habrán enseñado a agradecer las cosas que hacen por ti, ¿Verdad guapo?- Espetó el anciano mientras deslizaba su mano por debajo de la maleta. Impulsado por el pánico, María le propinó un gancho directo a la mandíbula, dejándolo noqueado. Con el corazón golpeándole violentamente en el pecho, salió del vehículo y corrió tan rápido como pudo, hasta resguardarse en el portal de un edificio, fuera del alcance de la visión del potencial violador.

Permaneció agazapado bajo las escaleras durante media hora aproximadamente. Una vez sus pulsaciones hubieron vuelto a la normalidad, se acercó sigilosamente al portal. Eran las 8:45  y el sol había hecho ya acto de presencia. Vio hacia los dos lados de la calle, y no halló ni rastro del microcar. Su idea era buscar un piso compartido para instalarse en la ciudad, pero debería esperar al día siguiente para acudir a alguna agencia inmobiliaria. No había dormido nada, así que decidió buscar una pensión donde poder descansar y pasar la noche.

Despertó de golpe empapado en sudor. La ensoñación del anciano besándole los labios apasionadamente le hizo volver al mundo real. Había estado durmiendo todo el día. Fuera comenzaba a oscurecer. No convenía que saliese demasiado a la calle, ya que probablemente su madre hubiera dado aviso a la policía de su ausencia. Sin embargo, el miedo a que lo encontrasen antes de poder visitar el Henry´s le motivó a salir. Se duchó, se vistió sus mejores galas y salió a la calle nervioso, ansioso por reencontrarse con su Meca.

En la puerta de la pensión cogió un taxi, para no dejarse ver demasiado. – Al Henry´s Club, por favor – Solicitó al taxista.

– Lo siento amigo, pero no me suena ese nombre. Tendrá que decirme la calle –

– ¡Pero si es el mejor rincón de la ciudad! Da igual, déjeme en la alameda, ya voy yo andando desde allí – Replicó María con notable tono de indignación en su voz.

Las calles del casco antiguo estaban atestadas de turistas. María anduvo durante 10 minutos, intentando recordar el camino que había recorrido varias veces años atrás. Casi sin querer, se encontró de frente con la entrada de la calle que buscaba. Embargado por la emoción, aceleró el paso entre la multitud. Dobló la esquina, y al levantar la cabeza hacia la fachada recibió un golpe igual al que él había infringido al anciano unas horas antes, pero en lugar de en la mandíbula, en esta ocasión se lo habían dado en la moral. El sitio que había ocupado el Henry´s , ahora albergaba el moderno Pita Del Döner Kebab.

La ira inundó cada rincón de su cuerpo. Entró en el local fuera de sí, apartando a empujones a la concurrencia que esperaba en la cola a ser atendida. Había decidido dejar de medicarse como parte de su nueva vida, ahora que había escapado al control maternal, y esto estaba influyendo decisivamente en su reacción. De un salto se puso en pie encima de la barra.  Acto seguido, saltó sobre el dependiente, al tiempo que gritaba un irreproducible insulto que hacía mención a su madre. En un hábil escorzó, el ciudadano paquistaní logró zafarse del ataque, haciendo caer a María sobre el pincho en el que se disponía a introducir un nuevo rollo de carne en el momento de que fue atacado, con tan desgraciada fortuna que el afilado metal se introdujo por el pecho de María y le atravesó el corazón, hasta encontrar salida por la parte alta de su espalda, diseñando así una escena que ni la mente más sádica sería capaz de imaginar.

De tan trágica manera se puso fin a la triste vida de nuestro amigo María. En el lugar en el que había nacido el personaje, donde había encontrado algo por lo que vivir, en ese mismo lugar y con la característica imagen que desde allí se comenzó a forjar, allí mismo fue a morir.

– Gael –

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